“La guerra es la madre de todas las cosas”
Heráclito.Se nace. Separados de la madre, sin posibilidad de retorno (caídos en el tiempo), se echa a andar el camino. Empiezan las tensiones, las contradicciones. Interiores y exteriores. El macho y la hembra, la luz y la sombra. Empieza la guerra.
Dicho combate transcurre en un Plano Horizontal (lo cotidiano, lo temporal, lo histórico)
No será sencillo atravesar tanta realidad sin un soporte metafísico.
Albert, desde que lo ve nacer, intuye que hay algo extra-ordinario en Joey. Descubre, en ese animal maravilloso (en sí mismo), la posibilidad de caminar el plano horizontal con un extra (con una cuota de espiritualidad). Descubre el Eje Vertical que puede cortar tanta superficie plana.
Adiestra y alimenta esa luz interior. La prepara para la guerra.
Su padre también viene de una guerra (de la misma, de la vida) y siente en su cuerpo el peso de la derrota (aunque en los papeles haya sido una guerra ganada, siente que la horizontalidad del mundo le ha devastado el alma). Pero el estandarte que trajera de esa guerra (su propia espiritualidad, aunque envejecida y medio roída por las alimañas) acompañará al caballo (al espíritu de su hijo) hasta el final.
Entretanto, la guerra. Dos trincheras enfrentadas, con soldados de uniformes distintos que se disparan entre sí. Y en el medio un caballo enredado en púas con una Cruz en el lomo. Un espíritu que se sacrifica. Y la pelea se detiene.
Hasta que un día se vuelva a reiniciar.
Al final, el reencuentro. Padre, madre e hijo.
Y un caballo maravilloso.





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