jueves, 25 de octubre de 2018

lunes, 27 de noviembre de 2017

CRÍTICA: WAJIB de Annemarie Jacir



Wajib, Palestina/Francia/Alemania/Colombia/Noruega/Qatar/Emiratos Árabes Unidos, 2017.

Wajib, la tercera película de Annemarie Jacir, se llevó el Astor de Oro a Mejor Película en la 32 edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. 




   Wajib puede traducirse como “Deber social”. En la película de Annemarie Jacir dicho deber consiste en entregar invitaciones de casamiento en mano. La tarea estará a cargo del padre de la novia, Abu Shadi, un maestro de escuela que vive en Palestina, y de su hijo, Shadi, recién llegado de Roma. La entrega de invitaciones, los reencuentros con familiares y amigos, las calles de la ciudad y el trayecto recorrido juntos en el viejo auto del padre avivarán tensiones escondidas.

   La directora inscribe su historia en referencia al viejo enunciado de Tolstoi, “Describe tu aldea y serás universal”. Sólo que “su aldea”, dividida entre el mundo tradicional (el del padre) y el occidental (el del hijo), lejos está, en apariencia, de ser un todo.
   Las primeras señales de que existe un malestar latente entre los protagonistas, proviene del ocultamiento. Ambos esconden que fuman. El padre porque ha sido sometido a una cirugía coronaria y tiene prohibido fumar y el hijo porque sostiene que ha dejado el cigarrillo anticipándose a las consecuencias.
   Abu Shadi, el padre, mucho tiempo atrás, sufrió el abandono, bochornoso para él, de su mujer y ha debido hacerse cargo de la crianza de los menores. Ahora su hija está a punto de casarse y él aún sueña con inscribir a su hijo dentro de las costumbres del pueblo, quisiera que regrese y también se case con una mujer Palestina.
   Shadi, por su parte, que ha estudiado arquitectura y reside en Roma, encuentra a su ciudad de origen sucia y mal conservada. Tolera a regañadientes las costumbres tradicionales y se muestra intransigente con todo aquello que provenga de Israel (convive con su novia, hija de un conocido líder de la OLP).
   Con esas diferencias, padre e hijo recorrerán las calles de la ciudad haciendo explícitas las tensiones en tono de amable comedia.
   Finalmente, al caer la noche, luego de innumerables disputas, con el deber social medianamente cumplido, ambos se sientan en el balcón de la casa a fumar, ya sin ocultamientos, un cigarrillo conciliador.


domingo, 26 de noviembre de 2017

32º FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE MAR DEL PLATA




Peter Scarlet y Sylvie Pialat

Sylvie Pialat, presentación de Les Gardiennes

Gustavo Rondón Córdova, presentación de La familia.

F.J. Ossang, presentación de 9 fingers.

Kim Dae-hwan, presentación de The first lap.

Ulises Rosell y Valentina Bassi,
presentación de Al desierto.


sábado, 30 de septiembre de 2017

CRÍTICA: ZAMA de Lucrecia Martel

Zama (Argentina-Brasil-España / 2017) Dirección: Lucrecia Martel / Guión: Lucrecia Martel / Fotografía: Rui Poças / Elenco: Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas, Matheus Nachtergaele, Juan Minujín







   Don Diego de Zama mira el horizonte, camina por la playa. Un poco más allá juegan unos niños. De pronto se escuchan algunas risas. Dichas risas despiertan la atención del corregidor español que rápidamente se desprende de sus pensamientos y sube por los médanos hasta encontrar su origen. Se trata de un grupo de mujeres, naturales del lugar, nativas de esa América profunda en la que Zama presta servicios a la corona, que,  reunidas bajo el sol, cubren sus cuerpos desnudos con la arcilla mojada de la playa.
Don Diego, desde la altura, desde su situación de privilegio, las mira al resguardo de unas matas. De pronto una de esas mujeres repara en la presencia del hombre y al grito de “mirón” comienza a subir la cuesta para increparlo. Zama, descubierto, emprende la huida pero la mujer no tarda en alcanzarlo y tironea de sus ropas, lo retiene. A Zama no le queda más remedio que volverse y enfrentarla. Forcejea con ella y, finalmente, la abofetea. El sujeto que mira (Zama/el español) se separa violentamente del objeto mirado (la nativa/el nuevo mundo). Dicha acción no es gratuita, marca una ruptura. De allí en más Zama se sentirá prisionero de esa porción de tierra americana en la que ha sido nombrado corregidor, de las cuales empieza a sentirse completamente separado, y esperará con ansias su traslado a un lugar más amigable e incluso añorará el regreso al continente europeo.
   También el espectador es un sujeto que desde una situación de privilegio (la butaca de una sala de cine) mira un objeto en apariencia inerte: la película Zama.
   También, como el personaje, asiste a la función motivado por la curiosidad y, por qué no, en busca de gozo. Entonces, la palabra “mirón” también  tiene al espectador como destinatario.
   Sin embargo, el objeto mirado, informa Lucrecia Martel a partir de esa ruptura, será esquivo. Zama, la película, es una cachetada que separa, distancia, extraña y llena de perplejidad al espectador.

Continuará…
 

viernes, 12 de mayo de 2017

CRÍTICA: HUYE! de Jordan Peele





(Get Out, EE.UU./2017) / Dirección y guión: Jordan Peele / Elenco: Daniel Kaluuya, Allison Williams, Catherine Keener, Bradley Whitford.




En la superficie ¡Huye! cuenta la historia de un conflicto, terrorífico, siniestro, entre negros y blancos. Sin embargo, en segundas lecturas, queda claro que bajo la línea de lo evidente subyace, además, otro juego dialéctico: la controversia entre los de arriba y los de abajo. John Carpenter tiene quién lo siga.

Chris Washington (Daniel Kaluuya) debe viajar con su novia Rose Armitage (Allison Williams) a un pueblo del interior de los Estados Unidos para ser presentado, formalmente, a la familia de la chica. Chris parte con ciertas prevenciones; todas ellas en referencia al color de su piel: un negro en medio de una familia de blancos.
Una vez instalados en el pueblo, y tal como temía Chris, empiezan las incomodidades.
La madre de Rose, entre otras vicisitudes, hipnotiza a Chris, sin su consentimiento, con el propósito de que éste deje de fumar.
El invitado pronto se dará cuenta de que ha sido llevado al pueblo con alguna intención oculta; que ha sido cazado como uno de los tantos ciervos que pululan, como plaga, por la zona. Los blancos (Rose, su familia y otros poderosos del pueblo) forman parte de una organización cuya finalidad es apropiarse de la conciencia de los negros mediante un transplante de cerebro.
Mientras se prepara la sala de cirugía, Chris, que había sido reducido mediante la hipnosis, logra escapar del embrollo. Reacciona con violencia dando cuenta de todos los integrantes de aquella siniestra familia.

Los Armitage y sus amigos, además de blancos, son ricos y poderosos. Son los de arriba. En su papel de amos, casi como un derecho adquirido, disponen de los cuerpos de aquellos a quienes consideran seres inferiores luego de determinar, motus propio, que en dichos cuerpos existe una conciencia limitada (anulada, previamente por ellos mismos) que puede ser sustituida por la propia. Ellos tienen los recursos, y la tecnología, para llevar adelante el proyecto.
Pero algo puede (y debe, según la visión del mundo de Peele) salir mal. Para ello es necesario que exista el estado de sospecha, que haya alguien advertido, un hombre que, llegado el caso, se plante con firmeza y diga NO. Y Chris, un minuto antes del despojo, con un resto de conciencia (resguardada a fuerza de taparse los oídos), a pura voluntad, se levanta y se opone al estado de las cosas.
Luego, la violencia. El protagonista responde a la violencia embozada del poderoso con la violencia física, rabiosa, de aquel que reconoce su pertenencia al grupo de los que siempre pierden. Y que esta vez ha estado a punto de perderlo TODO. Pero la rebelión no implica animalidad. De otra manera los malos hubieran ganado, una vez más, aunque tangencialmente, la batalla. Y Chris conserva intacta su conciencia, lo demuestra ante Rose. Retira las manos de su cuello un segundo antes de mandarla al otro mundo.